Homenaje a Oscar Koltes / por Daniel Pina

 

Hace unos días falleció en la ciudad de Mendoza, Oscar Koltes, un querido compañero.

Militante del peronismo de base, había sido preso político de la dictadura de Lanusse y fue liberado el 25 de mayo de 1973 con la amnistía dada por el gobierno de Cámpora. tiempo después, en 1975, me tocó compartir con él, secuestro, tortura y cárcel. Quiero relatar en su memoria una pequeña anécdota.

El viernes 21 de noviembre de 1975, mientras María Estela Martínez de Perón descansaba en Ascochinga, Córdoba, Italo Argentino Luder, presidente provisional del Senado en ejercicio de la presidencia, firmó el decreto de aniquilamiento de la subversión. En la madrugada del sábado 22 de noviembre se desató una feroz cacería por parte de las fuerzas de seguridad. En un estricto modelo de ilegalidad, grupos de encapuchados movilizándose en vehículos civiles armaron un festival de secuestros. Esa noche fuimos secuestrados en la ciudad de Mendoza aproximadamente 25 personas;   trabajadores, estudiantes, periodistas, fuimos a parar atados y encapuchados a los pisos del palacio policial mendocino, el fatídico D2. Después de varios traslados y sesiones de tortura sistemáticas, dimos con nuestros huesos en una cuadra de soldados de la compañía de comunicaciones y servicios de la 8º brigada de infantería de montaña, sita en Boulogne Sur Mer y Juan B. Justo, de la ciudad de Mendoza, que funcionaba como campo de concentración. En ese lugar escuché por primera vez el nombre de Oscar Koltes y supe que era uno de los compañeros con los que compartíamos destino.

Cuando nos acercábamos a los 20 días de secuestro, fuimos trasladados nuevamente; Luis Arra, fallecido años después en el exilio, en Suecia, Oscar Koltes, Luis Rodolfo Moriña (estudiante de medicina al igual que yo, compañero y vecino, al punto de que el día del secuestro nos trasladaron en el mismo auto) y quien suscribe. El lugar al que fuimos trasladados, parecía ser la escuela de un regimiento, pude ver que estábamos en un aula en momentos  en que logré levantarme la venda. Mientras estábamos sentados en unos bancos, custodiados por  un miembro de la fuerzas armadas que caminaba entre nosotros, se escuchó un crujido en el lugar en el que estaba Koltes.  El guardia se acercó presto para ver que ocurría. Lo que ocurría era que Oscar había guardado entre los harapos que vestía, nuestras ropas en general habían quedado hechas jirones por el buen trato del personal de seguridad, un pedazo de pan, ya duro; el ruido era producido porque, con la manos atadas adelante, lo estaba partiendo en 4 pedazos (llevábamos más de 12 hs sin comer).  Cuando el guardia lo increpó preguntando que tenía ahí, le respondió: es pan, dele por favor a los muchachos. La respuesta fue: Comételo vos, no seas pelotudo, si hace un montón que no comen. Finalmente, ante la insistencia del Flaco Koltes, el guardia accedió y nos dió el mendrugo correspondiente a cada uno mientras rezongaba diciendo: Yo no sé estos tipos, son unos pelotudos. Creo que en mis 60 años de vida jamás comí un alimento más sustancioso.

Más tarde, ese día, comenzó la picana, primero fue Lucho Arra, escuchamos sus gritos por largo rato, hasta que lo trajeron a la rastra, con el lógico agotamiento de la sesión de tortura, luego se llevaron a Luis Moriña, el Chino. Se escuchaban los alaridos que le arrancaba la picana hasta que cesaron de golpe. Se escucharon entonces corridas de borceguíes y gritos llamando médico, luego silencio.

Koltes y yo habíamos quedado haciendo capilla; pero cuando vinieron nos subieron a los tres,  a Koltes,  a Arra y a mí, a un camión tipo unimog y tuvimos un nuevo traslado, ya sin Moriña.

Ese día, creo yo, se ejercieron dos rebeldías, dos heroicas y simples rebeldías; la de Oscar que desde una indudable grandeza se negaba a deshumanizarse y perder la solidaridad (ellos pretenden, a través de la tortura, generar en la persona un proceso regresivo de su conciencia, en el que capa por capa pierda su sentido de pertenencia rompiendo el vínculo solidario con los suyos y así lograr una traición), y la de Luis Moriña, el Chino, que contradiciendo a quienes decían ser dios, dueños de la vida y de la muerte, se les murió en la cara, por decisión de su cuerpo y no de ellos.
Enero de 2016

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